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¿QUIÉN ES ESE?

Aug 23
9 min read

Updated: 7 days ago




Autora :Iliana León



Una pregunta que puede cambiar tu vida

Hay preguntas que nacen de la curiosidad, otras que nacen del dolor y otras que aparecen en medio de noches difíciles, cuando el corazón está cansado y parece que nadie puede darnos una respuesta. Sin embargo, existe una pregunta que ha atravesado los siglos, las generaciones y los corazones: ¿Quién es ese?

¿Quién es ese que vino al mundo sin riquezas, sin palacios y sin ejércitos, pero cuya llegada transformó la historia? ¿Quién es ese que nació en humildad, acostado en un pesebre, mientras los ángeles anunciaban gloria a Dios y paz para los hombres? ¿Quién es ese que no vino con una corona de oro sobre su cabeza, pero que un día será reconocido por toda la creación como Rey de reyes y Señor de señores?

La respuesta es Jesús. Pero conocer su nombre no siempre significa conocer quién es Él realmente. Muchas personas han escuchado de Jesús desde niños. Han visto una cruz, han asistido a una iglesia, han escuchado un himno o han repetido una oración. Sin embargo, la pregunta más importante no es solamente: “¿Quién es Jesús?”, sino “¿Quién es Jesús para mí?”

El Rey que nació humilde

Los hombres esperan que un rey nazca en un palacio. Esperan riquezas, honores, guardias, celebraciones y poder visible. Pero Dios decidió revelarse de una manera que sorprendió al mundo. El Rey vino en humildad. El Salvador nació en un pesebre. El Creador entró en su propia creación. El que sostiene los cielos fue sostenido en los brazos de una madre. El que alimenta toda la tierra dependió del cuidado de María.

Lucas relata que María “dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón” (Lucas 2:7). Allí, en un lugar sencillo, sin reconocimiento humano y sin grandeza terrenal, nació el Salvador del mundo.

El nacimiento de Jesús nos enseña que Dios no piensa como piensa el hombre. Nosotros solemos mirar la apariencia, la posición, el dinero, los títulos y la fama. Dios mira el corazón. Jesús no necesitó un palacio para demostrar quién era, porque su autoridad no procedía de este mundo. Su Reino no depende de riquezas humanas ni de coronas terrenales. El apóstol Juan declaró: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (Juan 1:1). Luego escribió: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14). Jesús no comenzó a existir en Belén. Él es eterno. Él estaba con el Padre desde el principio. Pero por amor, tomó forma de hombre y vino a habitar entre nosotros.

Cuando miramos el pesebre, no vemos solamente el nacimiento de un niño. Vemos a Dios acercándose a la humanidad. Vemos al Salvador viniendo a buscar al perdido. Vemos el cumplimiento de la promesa: Emanuel, Dios con nosotros (Mateo 1:23).

El que tiene toda autoridad

Jesús llegó sin una corona terrenal, pero los cielos conocían su nombre. Llegó sin un ejército humano, pero tenía autoridad sobre los demonios. Llegó sin riquezas materiales, pero podía alimentar multitudes. Llegó sin palacio, pero predicó acerca de un Reino eterno. Llegó sin espada, pero sus palabras atravesaban el corazón y cambiaban la vida de quienes las escuchaban.

Cuando Jesús hablaba, los enfermos encontraban esperanza. Los pecadores encontraban perdón. Los quebrantados hallaban misericordia. Los cautivos eran liberados. Incluso la muerte tuvo que obedecer a su voz.

En una ocasión, mientras Jesús y sus discípulos cruzaban el mar, se levantó una gran tormenta. Las olas golpeaban la barca y los discípulos tuvieron miedo. Pero Jesús se levantó, reprendió al viento y dijo al mar: “Calla, enmudece”. Entonces el viento cesó y se hizo grande bonanza (Marcos 4:39). Los discípulos se preguntaron: “¿Quién es este, que aun el viento y el mar le obedecen?” (Marcos 4:41).

Esa misma pregunta sigue siendo necesaria hoy. Porque Jesús no fue un maestro común. Él no habló únicamente de paz: Él dio paz. No habló solamente de vida: Él levantó muertos. No habló solamente del Reino: Él mostró el poder del Reino de Dios sobre la enfermedad, la opresión, el pecado y la muerte.

Cuando Lázaro llevaba cuatro días en la tumba, Jesús clamó: “¡Lázaro, ven fuera!” (Juan 11:43). Y el muerto salió. Esto nos recuerda que no hay situación demasiado muerta, perdida o imposible para Cristo. Donde los hombres ven un final, Jesús puede traer una nueva oportunidad. Donde el mundo ve ruinas, Él puede levantar una vida restaurada.


El que nos amó primero

La mayor demostración de quién es Jesús no se encuentra solamente en los milagros que hizo, sino en el amor con el que entregó su vida. Antes de que tú lo buscaras, Él ya te estaba buscando. Antes de que pronunciaras su nombre con fe, Él ya había decidido ir a la cruz. Antes de que entendieras cuánto necesitabas perdón, Él ya había dado su vida por ti.

La Escritura dice: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). Ese amor no fue una emoción pasajera ni un discurso religioso. Fue una cruz. Fue sacrificio. Fue obediencia. Fue sangre derramada. Fue el Hijo de Dios cargando sobre sí el pecado del mundo.

Romanos 5:8 declara: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. Jesús no murió por personas perfectas. Murió por pecadores. Murió por el que se había alejado, por el que se siente indigno, por el que lleva culpa, por el que ha cometido errores y no sabe cómo volver a empezar.

El enemigo quiere convencerte de que tu pasado te define, de que no hay perdón para ti o de que tus errores son demasiado grandes. Pero la cruz de Cristo proclama algo diferente: hay gracia, hay misericordia y hay restauración para el que se acerca a Jesús con un corazón sincero.

La Biblia afirma: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). No existe una vida tan rota que Jesús no pueda restaurar. No existe una herida tan profunda que Él no pueda tocar. No existe una distancia tan grande que su amor no pueda alcanzar.

El que vence el temor


Tal vez hoy estás enfrentando miedo. Miedo al futuro, miedo a perder a alguien, miedo a enfermar, miedo a no tener suficientes recursos, miedo a fracasar, miedo a quedarte solo o miedo de no saber qué ocurrirá mañana. El temor puede hacer que la mente se llene de preguntas y que el corazón pierda la paz.

Pero en medio del temor hay una pregunta que debemos hacer: ¿Dónde está Jesús en medio de mi tormenta? La respuesta es que Él sigue estando presente. Él no ha cambiado. Él sigue siendo el que calmó el mar, el que caminó sobre las aguas y el que sostuvo a Pedro cuando comenzó a hundirse.

Cuando los discípulos vieron a Jesús caminar sobre el mar, tuvieron miedo. Pero Él les dijo: “¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!” (Mateo 14:27). Esas palabras continúan siendo un mensaje para quienes sienten que las olas de la vida son demasiado fuertes. Jesús no siempre elimina de inmediato la tormenta, pero nunca abandona a los suyos.

Él prometió: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27). La paz de Cristo no depende de que todo salga como esperamos. Es una paz que permanece aun cuando no entendemos el proceso, porque descansa en la certeza de que Dios sigue teniendo el control.

El Señor también dice en Isaías 41:10: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré”. No importa cuán grande parezca la tormenta: la tormenta nunca será más grande que Cristo.


El Salvador que conoce nuestro dolor


Jesús conoció el cansancio, el hambre, la sed, el rechazo y las lágrimas. Él no vino a vivir aislado de las necesidades humanas. Él caminó por caminos polvorientos, fue rechazado por muchos, lloró ante la tumba de Lázaro y sintió angustia antes de la cruz.

En Mateo 8:20, Jesús dijo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza”. Él no vino a construir una vida cómoda en la tierra. Vino a cumplir la voluntad del Padre y a rescatar a quienes estaban perdidos.

Por eso Jesús entiende tu dolor. Él no mira desde lejos tu lucha. Él conoce las noches en las que has llorado en silencio. Conoce las cargas que no has podido explicar a nadie. Conoce el cansancio de seguir adelante cuando parece que no quedan fuerzas.

Hebreos 4:15 enseña que tenemos un sumo sacerdote que puede compadecerse de nuestras debilidades, porque fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Jesús comprende tu fragilidad y, al mismo tiempo, tiene poder para darte fuerza.

Él sigue diciendo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). No tienes que cargar solo con todo lo que te duele. Puedes venir a Cristo tal como estás, con tus preguntas, con tus heridas y con tus temores.


El que prepara un lugar


El Jesús que nació en un pesebre, caminó por caminos difíciles, fue rechazado y murió en una cruz, también es el Cristo resucitado que prepara un lugar para los suyos.

Antes de ir a la cruz, Jesús dijo a sus discípulos: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros” (Juan 14:2). Después añadió: “Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:3).

Esta promesa nos recuerda que la historia no termina en el dolor, en el fracaso o en la muerte. Para quien ha puesto su fe en Cristo, existe una esperanza eterna. Jesús volverá por su Iglesia. Él no olvida a los suyos. Él no abandona sus promesas.

Apocalipsis presenta a Cristo como el Cordero y a la Iglesia como una novia preparada. “Han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado” (Apocalipsis 19:7). Por eso no podemos vivir distraídos ni dormidos espiritualmente. Debemos vivir con una fe despierta, con lámparas encendidas, esperando al Señor.

Esperar a Cristo no significa permanecer inmóviles. Significa vivir en santidad, amar al prójimo, servir con fidelidad, compartir el evangelio y mantener el corazón listo para su regreso.


El que venció la muerte

Aquí está el centro de nuestra esperanza. Jesús murió. La piedra fue colocada. La tumba fue cerrada. Sus discípulos lloraron. Parecía que todo había terminado. Pero al tercer día, la muerte tuvo que soltarlo.

La tumba no pudo retenerlo. La piedra no pudo detenerlo. El poder de las tinieblas no pudo vencerlo. Cristo resucitó.

El ángel anunció a las mujeres que llegaron al sepulcro: “No está aquí, pues ha resucitado, como dijo” (Mateo 28:6). La resurrección de Cristo no es un detalle secundario de la fe; es el fundamento de nuestra esperanza. Jesús venció la muerte para que quienes creen en Él puedan tener vida eterna.

Pablo escribió que Cristo “murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día” (1 Corintios 15:3–4). La cruz nos muestra su amor. La resurrección nos muestra su victoria.

Jesús dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25). Esto significa que el pecado no tiene la última palabra. La culpa no tiene la última palabra. El dolor no tiene la última palabra. La muerte no tiene la última palabra. Cristo tiene la última palabra.


¿Quién es Jesús para ti?

Ahora podemos responder con seguridad: Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo, el Verbo encarnado, el Salvador del mundo, el Rey de reyes y Señor de señores. Él es el Pan de Vida, la Luz del mundo, el Buen Pastor, el Cordero de Dios, el Camino, la Verdad y la Vida.

Jesús dijo: “Yo soy el pan de vida” (Juan 6:35). También declaró: “Yo soy la luz del mundo” (Juan 8:12). Dijo: “Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas” (Juan 10:11). Y afirmó: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).

Pero la pregunta final sigue siendo personal. No basta con saber quién es Jesús en la Biblia o en la historia. No basta con hablar de Él. No basta con buscarlo solamente cuando hay problemas. Necesitamos decidir quién será Él en nuestra vida.

¿Es Jesús solo un nombre conocido? ¿Es alguien a quien recuerdas en momentos de necesidad? ¿O es realmente tu Señor, tu Salvador, tu refugio y tu esperanza?

Conocer acerca de Jesús no es lo mismo que conocer a Jesús. Hablar de Él no es lo mismo que caminar con Él. Escuchar su Palabra no es lo mismo que obedecerla. Decir “Señor, Señor” no sustituye una vida rendida ante Él (Mateo 7:21).

Hoy puede ser tu momento para acercarte a Cristo. No necesitas llegar perfecto. No necesitas resolver todos tus problemas antes de buscarlo. Él dijo: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37).

Entrégale tu corazón. Entrégale tus cargas, tus temores, tus pecados, tu pasado y tu futuro. La Biblia dice: “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5:7).

Cuando llegue el día en que todo lo terrenal haya quedado atrás, cuando las riquezas, los títulos, las posiciones y los logros ya no tengan importancia, habrá una sola pregunta que permanecerá: ¿A quién tienes?

Para quien cree en Él, la respuesta es Jesús.

Él es mi Señor. Él es mi Salvador. Él es mi Buen Pastor. Él es mi esperanza. Él es mi refugio. Él es mi vida.

Y si alguien vuelve a preguntarte: “¿Quién es ese?”, no tengas miedo de responder:

Ese es Jesús. Es el Cristo. Es el Hijo del Dios vivo. Es el que murió por mí y resucitó por mí. Es el que me amó primero, me sostiene hoy y un día vendrá por los suyos.

Ese es mi Dios. Ese es mi Señor. Ese es mi Rey.

¿QUIÉN ES JESÚS PARA TI?



“Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre…” —Lucas 2:7, Reina-Valera 1960.


 
 
 

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